Andábamos justos de fuerzas... aún así, hicimos llover.
Hubo una invocación delante de un arco simbólico.
Queríamos agua!
Tuvimos agua también.
Subimos al escenario viendo a niños y niñas revoloteando globos y conservo el recuerdo claro de verlos luego cantar entre la gente. Serios. Entonando Maniobras de escapismo. Convencidos. Luego desaparecieron entre la gente, pero es lo que tiene ser bajito en las primeras filas de un concierto. Fue cuando los mayores, algo tocados por las cervezas traicioneras de la tarde, las que bombean con fuerza en las encías, sintieron que querían ser niños también y se pusieron a cantar villancicos y shiwas apoderándose del frente. Mandaron a los niños detrás. En fin. Muchas gracias. Pasen lista. Al final fuimos muchos. Me sorprendí al ver la photo.

De Zaragoza me llevo el color de la noche y aquello de "otra, otra, otra!" cuando nos íbamos. La sala Oasis tiene algo de cabaretero. Un tipo de atractivos tonos rancios que van ligados con los tintes del vino. Tuvimos entre nosotros a dos nuevos tripulantes de altos vuelos. Abrazos infinitos para Roger y Bibi.